México
Este artículo es, en parte, autoetnografía crítica. Lo escribo desde una posición incómoda (el sociólogo que estudia a estudiantes que usan inteligencia artificial mientras él mismo la usa, mientras es vigilado por ella, mientras escribe sabiendo que un detector lo leerá antes que un humano), y la incomodidad, sostengo, es la condición de posibilidad del análisis, no su obstáculo. Apliqué un cuestionario de 27 preguntas a 93 estudiantes de la Licenciatura en Ciencias de la Educación en una institución pública de Tlaxcala, en abril de 2026. La indagación giraba alrededor del uso de modelos de lenguaje generativo (ChatGPT, Gemini, Copilot). El dato que organiza el texto es uno: el 83 % los usa intensivamente, solo el 9 % dice confiar en sus respuestas. Esa brecha, afirmo, no describe una falla del sistema educativo, describe su funcionamiento. La trabajo con tres categorías (sospecha epistémica como modo relacional, vigilancia bifocal, literacidad algorítmica crítica emergente) y un marco teórico que pongo en fricción deliberada a: Foucault, Zuboff, Luhmann. La tesis del artículo es directa, aunque incómoda. La sospecha estudiantil no es un déficit a corregir, es la posición epistémica que el dispositivo produce funcionando como debe. Partir de ahí me resulta no solo más honesto, también más útil, que pretender restaurar una confianza institucional que (lo digo con cierta crueldad) nunca existió en los términos en que la imagina el discurso académico que la celebra.