La aproximación desde el ámbito jurídico hacia las personas con discapacidad se ha caracterizado, durante siglos, por el desinterés, el abuso e, incluso, la repulsión. La Ley 8/2021 supuso una ruptura estructural, al erradicar la incapacitación y erigir, en su lugar, un modelo de apoyos orientado al ejercicio pleno de la capacidad jurídica. Este viraje implica situar en el eje del sistema la voluntad de la persona, conforme a los principios de dignidad, igualdad, necesidad y proporcionalidad. Transcurridos más de cuatro años de vigor de la reforma, la jurisprudencia del Tribunal Supremo representa una perspectiva privilegiada para valorar el grado de interiorización de este cambio cultural y jurídico, pues ha ido consolidando un corpus doctrinal que, con matices, refleja un esfuerzo serio por adaptar la práctica judicial a las nuevas coordenadas normativas, y que ha contribuido decisivamente a perfilar los contornos del nuevo sistema. Es un buen momento para detenernos a escrutar el bagaje jurisprudencial de estos últimos años, y valorar en qué medida se ajusta nuestro Tribunal Supremo al nuevo escenario, pues, como ha evidenciado la jurisprudencia durante las décadas previas a la reforma, el problema de las personas con discapacidad no radicaba principalmente en las normas jurídicas, sino en la intolerable desidia con la que eran aplicadas por los tribunales.
For centuries, the legal approach to people with disabilities has been characterized by indifference, abuse and even repulsion. Law 8/2021 represented a structural break, eradicating incapacitation and establishing, in its place, a model of support geared towards the full exercise of legal capacity. This shift involves placing the will of the individual at the centre of the system, in accordance with the principles of dignity, equality, necessity and proportionality. More thanfour years after the reform came into force, the case law of the Supreme Court provides a privileged perspective for assessing the degree to which this cultural and legal change has been internalized, as it has consolidated a doctrinal corpus which, with some nuances, reflects a serious effort to adapt judicial practice to the new regulatory framework and has contributed decisively to shaping the contours of the new system. Now is a good time to pause and examine the case law of recent years and assess theextent to which our Supreme Court is adapting to the new scenario. As case law in the decades prior to the reform has shown, the problem for people with disabilities did not lie primarily in the legal rules themselves, but in the intolerable indolence with which they were applied by the courts.