Una represión brutal se abate sobre los iraníes desde el pasado 8 de enero. La libertad de acción que se ha dado a las fuerzas del orden sugiere que las autoridades se sienten acorraladas y son conscientes de estar jugándose su propia supervivencia. Tras el agotamiento del aparato ideológico islamista, la argamasa nacionalista se desmorona. El aumento de las desigualdades y el rechazo de las aspiraciones de la población favorecen las injerencias extranjeras, lo que conlleva graves amenazas para la unidad del país y la estabilidad de la región.