El 13 de agosto de 1929 Dios se convirtió en hombre. Solo se conoce una fracción de estos días. El Verbo, ya perdida su divinidad, comienza a sufrir los problemas de la vejez, dolor y cansancio. Las visitas diarias a templos casi vacíos, el dialogo silencioso con las palomas y la dependencia de su cuidadora son su manera de enfrentar su soledad y rutina. Este contraste entre lo eterno y lo efímero posibilita que el olvido divino sea, en realidad, un reflejo del olvido humano.