Vivimos un tiempo extraño, tan interesante como peligroso, entre la incertidumbre y la ansiedad. Produce una cierta melancolía recordar lo felices que nos prometíamos el futuro en 1989, cuando cayó el muro de Berlín y se dio por liquidada la guerra fría. Quienes hoy han rebasado el ecuador de su vida son seguramente capaces de evocar las palabras del menos malo de los Bush cuando en los primeros días de octubre de 1990 compartió en la Asamblea General de las Naciones Unidas su visión de “un nuevo orden internacional y una larga era de paz: una asociación basada en la consulta, la cooperación y la acción colectiva, especialmente a través de organizaciones internacionales y regionales; una asociación unida por los principios y por la ley y apoyada en un reparto equitativo de costes y contribuciones; una asociación cuyos objetivos han de ser más democracia, más prosperidad, más paz y menos armas”. Todo invitaba a creer en la asunción de un liderazgo para hacer realidad y profundizar en los principios de la Carta de las Naciones Unidas.