Lorenza Martínez Trigueros
A raíz de la crisis de 1994, el gobierno mexicano se vio obligado a adoptar un régimen de flotación cambiaria, que en su momento se consideró como transitorio. Meses después, ante la alta volatilidad a la que se enfrentaba México en los mercados financieros, y debido a la importancia que tenía el tipo de cambio en la formación de precios, se decidió implementar un instrumento de política monetaria cuantitativo que otorgara mayor flexibilidad a los tipos de interés. Así, México adoptaba un régimen cambiario y un instrumento de política monetaria que entonces resultaban poco comunes en países emergentes. A una década de su adopción, puede decirse que ambos esquemas complementados con políticas responsables en los ámbitos fiscal y monetario resultaron sumamente exitosos, al contribuir a reducir la vulnerabilidad macroeconómica al tiempo que se alcanzaron bajas tasas de inflación.