Obsesionados por las formas más institucionales de la política, los partidos alemanes tradicionales han dejado que se degrade el entramado asociativo y militante que enmarcaba a la juventud en las pequeñas localidades del este. La extrema derecha ha aprovechado la brecha abierta y ahora destila su racismo masculinista como un brebaje de orgullo contestatario para consumo de un público adolescente.