Con el trasfondo de la guerra en la vecina Ucrania, Georgia y Moldavia cerraron a finales de octubre un ciclo electoral de alta tensión. El conflicto tendría que haber llevado a las poblaciones de estas exrepúblicas soviéticas, parcialmente ocupadas por tropas rusas, a volcarse de forma masiva en las fuerzas políticas más hostiles a Moscú. No ha sido el caso. ¿Cómo explicar esta paradoja?