Los bulos, las mentiras, las falsedades y la desinformación han existido siempre. Lo nuevo y grave de nuestro tiempo son dos factores. Uno, que la velocidad y la eficacia de expansión de la desinformación se ha multiplicado gracias al mal uso de la tecnología y de las redes sociales. Y dos, que la desinformación consciente y planificada ha comenzado a ser una herramienta habitual y frecuente en algunas personas, instituciones y medios que hasta ahora no entraban en ese juego sucio. Nada amenaza tanto al periodismo como el fenómeno de la desinformación. En consecuencia, es también una amenaza para la sociedad en su conjunto, para el debate público, para las elecciones y para la salud de la propio democracia.