Al término del siglo XX, los escenarios y perspectivas elaboradas sobre el carácter y el futuro de la ciencia política a nivel mundial apuntaban hacia la existencia de una tensión que implicaba precisamente tomar una postura definitoria con respecto a la siguiente disyuntiva: o estábamos constatando un proceso de crecimiento y emancipación de la disciplina en el marco de la lógica de la ciencia, en tanto se le identifica como un ejemplo del avance mismo del estatuto logrado en materia de formalización y estandarización de sus premisas normativas, sus condiciones teórico-metodológicas y sus aplicaciones técnico-operacionales; o bien, seguíamos encerrados en la “posición original” de considerar al estudio de la política como una expresión del análisis combinado de factores más de corte ideológico, histórico y filosófico.