La democracia es, ante todo, institucionalidad. No existe ningún movimiento político que haya impugnado las instituciones democráticas representativas, bajo el pretexto de devolver el poder al pueblo, que no haya acabado socavando la democracia. La institucionalidad democrática es respetar el funcionamiento correcto de las instituciones democráticas, lo que supone cuidarlas. Como advirtió Francisco Tomás y Valiente, "las instituciones ganan o pierden prestigio por lo que hacen, pero también por lo que con ellas se hace". Esta reflexión, que él aplicaba al Tribunal Constitucional, se puede extender al conjunto de las instituciones democráticas. Todas las instituciones se ven afectadas por lo que los representantes hacemos con ellas.