“No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis, 2,18). Tampoco es bueno que las familias estén solas; aislada como una mónada, “las familias necesitan salir de sí mismas, necesitan dialogar y encontrarse con los demás, para construir una unidad que no sea uniformidad y que pueda generar progreso y promover el bien común”1. Para responder a esta necesidad las redes familiares necesitan determinar una agenda, un marco de ayuda y de acción mutua. Aquellas que son de inspiración católicas, al estar unidas a los pastores, tienen además la fuerza del anuncio evangélico.