Es preciso crear agendas políticas alternativas para que el funcionamiento de mercados, empresas, sindicatos y Estados genere resultados más equitativos y ambientalmente sostenibles.
Los índices de bienestar humano han dado muchas buenas noticias a lo largo del último medio siglo. A principios de la década de 1970, las mujeres daban a luz a cinco hijos como promedio. Hoy esa cifra es de 2,4, y África subsahariana es la única región donde las tasas de fecundidad continúan siendo elevadas. Si los progenitores quieren tener menos hijos es porque las tasas de supervivencia infantil han aumentado drásticamente. En India en 1960, 246 de 1.000 niños morían antes de cumplir los cinco años; en 2016 murieron 43. En Brasil la tasa era de 171 niños; en 2016 fue de 15. La esperanza de vida mundial ha pasado de 53 años en 1960 a 72 en 2016. En 1980 vivía en la pobreza extrema (la “pobreza que mata”, según el Banco Mundial: ingresos inferiores a 1,9 dólares diarios, de acuerdo con la paridad de poder adquisitivo) el 42% de la población mundial; en 2013, ese porcentaje había caído al 11%. En su libro Factfulness, el estadístico sueco Hans Rosling describe muchos más avances humanos en otros ámbitos.
Según estas estadísticas, el mundo es un lugar mucho mejor que hace medio siglo. Según la mayoría de criterios medioambientales, el mundo es también un lugar mucho peor. Me centraré, en cambio, en analizar la explicación que desde los círculos políticos occidentales se da al progreso material protagonizado por el ser humano en los últimos tiempos. Según dicha explicación, el progreso es resultado de innovaciones tecnológicas semiautónomas – como el cambio a una economía digital – combinadas con el despegue generalizado de las “fuerzas del mercado privado”, al que se alude con apelativos como “globalización” o “neoliberalismo”.
La teoría que sostiene la fe en la globalización es identificada a menudo con el neoliberalismo. El término alude a una filosofía económica y política basada en dos axiomas de similar naturaleza. Uno es político, y afirma que el mercado es la mejor institución para garantizar la libertad (entendida como no sometimiento al Estado). El otro es económico, y mantiene que el mercado es la institución idónea para asegurar el crecimiento económico. Así pues, el neoliberalismo preconiza la aplicación de un sistema de mercado en todos los ámbitos de la realidad. El homo economicus debe universalizarse y hay que vivir siguiendo una lógica inversora, minimizando la dependencia del Estado. Por ejemplo, un periodista de The New York Times que cubría el Foro Económico Mundial celebrado de Davos en 2002 escribió en aquella ocasión que, en opinión de los empresarios y líderes gubernamentales allí reunidos, “una nación que abre las puertas de su economía y minimiza el papel del gobierno experimenta invariablemente un aumento de los ingresos y un crecimiento económico más rápido”. Martin Wolf, analista económico principal en Financial Times, subrayaba la necesidad de que todos los gobiernos presionaran a favor de este proceso: “El problema actual no es que la globalización sea excesiva, sino todo lo contrario: es demasiado escasa”.
¿Cómo crear una sociedad próspera y moral? Desregulando los mercados, privatizando las empresas públicas, reforzando el control corporativo, reduciendo impuestos a particulares y empresas, restringiendo la operatividad de los sindicatos, fijando como principal meta macroeconómica la baja inflación –renunciando, en este sentido, al pleno empleo –, mercantilizando ámbitos como la educación y la salud y, sobre todo, acelerando la globalización. Es decir, eliminando las restricciones a los flujos transnacionales de bienes, servicios, capitales y mano de obra, hasta que la economía mundial opere como una federación y los Estados no puedan controlar dichos movimientos. En la práctica, este conjunto de ideas es el centro de gravedad programático del neoliberalismo, aunque con matices. Estos se han multiplicado desde la crisis de 2007-08 y la subsiguiente recesión, y especialmente desde 2017 y la presidencia de Donald Trump, lo cual es más síntoma que causa.
Los políticos y gobernantes neoliberales ahora expresan inquietud por el lento crecimiento de la productividad, el estancamiento salarial, la precariedad económica generalizada y la creciente concentración de la riqueza en manos de una oligarquía global. Además, exigen que se protejan la inversión y el comercio de distintas maneras, invocando a menudo la “seguridad nacional”. Sin embargo, estos problemas no se presentan como consecuencia del neoliberalismo, y es habitual que traten de dirigir la atención de la opinión pública hacia los extranjeros, responsabilizándolos de todos los problemas.
El multilateralismo comercial reglado está sufriendo un desgaste, pero esto no implica que vaya a finalizar. Que los titulares de la prensa declaren el inicio de una época distinta solo demuestra que se incentiva a medios y analistas para que hablen sobre lo que está cambiando y pasen por alto lo que no. A día de hoy, no existe un corpus alternativo de teorías –y de políticas derivadas de estas – que rivalice con el poder del neoliberalismo a la hora de orientar las políticas públicas.
La globalización –es decir, la integración de los mercados mundiales – y el espectacular crecimiento del comercio internacional contribuyen positivamente al progreso material del ser humano desde la década de 1980. En la jerga especialista, la globalización ha sido un fenómeno “emancipador”. El problema es que sus adalides solo miran por un ojo: ven únicamente los aspectos positivos y tratan los negativos, si es que llegan a verlos, como infelices efectos secundarios que no han de ralentizar el proceso…