Si de entre todos los males que asolan nuestra economía hubiera que destacar uno, este sería el del desempleo que azota a todo el país sin distinción, de hecho España cuenta con el honor de ser el Estado de toda la Unión Europea con una mayor tasa de paso de todos los tiempos. Ahora bien, la situación que hoy presenta el mercado laboral español no es más que la consecuencia de su reciente pasado, asentado sobre unos pilares a todas luces precarios e inconsistentes - construcción, sistema financiero, servicios de restauración y aquellos vinculados a la actividad inmobiliaria -, desde el primer instante en que la situación de bonanza económica que experimentaba nuestra economía se truncó. Sin embargo, y pese a que ello era algo conocido por parte de todas las fuerzas que intervienen en el mercado de empleos, parece como si nadie hubiera querido verlo. Así y sólo cuando la crisis se agudizo y generalizó (2010 - 2013), alguien se acordó de que el tejido socioproductivo en el que se hacía y ubicaba nuestra mano de obra era insuficiente tanto en cantidad (desempleo) como en cualidad (formación y desarrollo profesional).
Extendiéndose además, las dramáticas y traumáticas consecuencias de ello en el tiempo, puesto que esa falta de previsión y responsabilidad económica ha sido la mayor imprudencia que un Estado puede haber cometido con sus ciudadanos ya no sólo presentes sino también futuros.