Luis María Huete, Javier García Arevalillo
El gran desafío que tienen los directivos de las empresas es cómo aprender a ejercitar el poder para que no solo no sea perjudicial para el que lo ejerce y para las personas sobre las que se ejerce, sino que contribuya a integrar a las partes a través de una agenda en donde el bien común esté presente. Y todo ello sin caer en la patología del poder, la enfermedad que corrompe al que manda cuando utiliza medios muy alejados de los elementos que integran la confianza: la credibilidad, la fiabilidad, la cercanía y el interés por el bien común. Detectar estos transtornos y prevenir las patologías derivadas del poder será clave para mejorar la calidad de nuestras decisiones