La empresa del siglo XXI debe enmarcarse en un modelo al servicio de la sociedad, cuya eficacia resida en la creación de auténtica riqueza y valor añadido que revierta en la sociedad, los consumidores y los empleados, aparte del justo retorno a la inversión de la iniciativa privada. Además deben ser concebidas como escenario del desarrollo cultural y humano de los individuos, impulsando la investigación y la formación continua.