Entre la ironía y el humor, el autor critica el profundo desconocimiento que preside la relación entre los ciudadanos de los dos países ibéricos, casi siempre orientada al mero intercambio de productos y mercancías y a la realización de recorridos turísticos de escasa relevancia. Se refiere a ciertos sucesos históricos comunes de los que hace una interpretación deliberadamente caricaturesca, y alude al Iberismo como una doctrina nunca concretizada en actos políticos tendentes a conseguir la unidad política entre ambos países. Termina con un llamamiento al encuentro ibérico, todavía posible en el ámbito individual, a la vez que muestra su convicción de que España y Portugal se encuentran en un acelerado proceso de pérdida de sus identidades.