Europa está sola. Sola ante un cambio de era. Desde Ucrania hasta Oriente Próximo, desde Sudán hasta Venezuela, la política del poder ha vuelto a imponerse sobre la política del derecho. Se disputan territorios, pasos marítimos y fronteras estratégicas -Groenlandia, el estrecho de Ormuz, el canal de Suez, Gibraltar- con una lógica de suma cero que se creía superada. Es un tipo de conflicto más silencioso, diseñado deliberadamente para quedarse por debajo del umbral que provocaría una respuesta militar abierta: cortes de cables submarinos y daños en gasoductos en el Báltico, ataques a infraestructuras energéticas y de comunicación, campañas de desinformación que se ejecutan de forma opaca para que quien las ordena pueda negar su implicación. Es una asimetría deliberada: permite que actores con menos poder militar desafíen con éxito a potencias superiores golpeando sus vulnerabilidades internas.