En un entorno global y local caracterizado por la incertidumbre, la volatilidad y la complejidad, donde en la gestión de riesgos y crisis prevalece la actuación reactiva y la improvisación, la estrategia comunicacional de las instituciones y la sociedad tiene como desafío fomentar una cultura preventiva. Para lograrlo, la gestión del cambio para modificar comportamientos e instalar procesos que preparen a la gente y a las organizaciones para evitar, mitigar y afrontar amenazas y superar vulnerabilidades es una responsabilidad ética que los líderes y los encargados de comunicación deben impulsar. No solo se trata de proteger reputación, sino la calidad de vida de las personas y el ambiente.