Este artículo propone una lectura crítica del gaslighting y del síndrome del impostor como efectos relacionales de lo que se denominará injusticia posicional: una forma de daño que socava simultáneamente la autoconfianza epistémica y afectiva de un sujeto al ubicarlo sistemáticamente en un lugar de invalidez testimonial. A partir de una microficción estructurada en tres escenas (infancia, adolescencia y adultez), se examinan algunos de los modos en que el silenciamiento emocional y la desautorización cognoscitiva se articulan en prácticas familiares cotidianas que configuran subjetividades escindidas, atrapadas entre el deseo de decir y el mandato de cuidar. El artículo sostiene que el concepto de injusticia posicional permite despatologizar fenómenos subjetivos usualmente comprendidos como trastornos intrapsíquicos, y ofrece un marco fértil para pensar críticamente las maneras en que el agravio relacional se encarna y se perpetúa bajo actitudes normalizadas de interacción. La metodología empleada se inscribe en los desarrollos del narrativismo y el giro afectivo, lo cual otorga relieve a saberes singulares y situados. La propuesta apunta, finalmente, a disputar los marcos de inteligibilidad que determinan quién puede hablar, qué puede decir y en qué condiciones alguien será creído o silenciado.
This article offers a critical analysis of gaslighting and impostor syndrome as relational effects of what is termed positional injustice: a form of harm that simultaneously undermines a subject’s epistemic and affective self-trust by systematically situating them in a position of testimonial invalidation. Drawing on a microfiction structured in three scenes -childhood, adolescence, and adulthood- it explores how emotional silencing and cognitive disauthorization are enacted in everyday familial practices, shaping fragmented subjectivities caught between the desire to speak and the imperative to care. The article argues that the concept of positional injustice provides a productive framework to depathologize subjective phenomena commonly framed as intrapsychic disorders. It also enables a critical examination of how relational harm becomes embodied and normalized through social interactions. Methodologically, the article is grounded in narrativism and the affective turn, centering situated and singular forms of knowledge. Ultimately, it aims to challenge dominant frameworks of intelligibility that govern who is allowed to speak, what can be said, and under what conditions one is believed or silenced.