Babahoyo, Ecuador
Este artículo propone una relectura integral de la figura del poeta modernista ecuatoriano Medardo Ángel Silva (1898–1919), a partir de un análisis que articula tres perspectivas: la literaria, la psicológica y la psiquiátrica. A través de su obra más representativa, El Árbol del Bien y del Mal, se busca desentrañar la compleja relación entre la vida personal del autor y su insistente fascinación por la muerte, presente en buena parte de su producción poética. La hipótesis principal que guía esta investigación sostiene que la muerte de Silva no fue un hecho aislado motivado únicamente por un amor no correspondido —como lo ha sugerido la tradición crítica—, sino el resultado de una configuración psicológica y existencial más profunda, donde confluyen factores biográficos, sociales y emocionales. Silva murió a la edad de 21 años, dejando tras de sí una obra marcada por una sensibilidad extrema, melancolía persistente y una evidente idealización de la muerte. Desde muy joven, se vio enfrentado a múltiples circunstancias adversas: la pobreza de su entorno, una salud frágil, la discriminación racial por sus orígenes afrodescendientes, y una infancia vivida cerca de un cementerio, espacio simbólico que impregnaría su imaginario poético.
This article proposes a comprehensive reinterpretation of the figure of Ecuadorian modernist poet Medardo Ángel Silva (1898–1919), through an analysis that integrates three perspectives: literary, psychological, and psychiatric. Through his most representative work, El Árbol del Bien y del Mal (The Tree of Good and Evil), the article seeks to unravel the complex relationship between the author’s personal life and his persistent fascination with death, a theme present in much of his poetic output. The main hypothesis guiding this research argues that Silva’s death was not an isolated event caused solely by unrequited love—as critical tradition has often suggested—but rather the result of a deeper psychological and existential configuration, where biographical, social, and emotional factors converge. Silva died at the age of 21, leaving behind a body of work marked by extreme sensitivity, persistent melancholy, and a clear idealization of death. From an early age, he faced multiple adverse circumstances: poverty, fragile health, racial discrimination due to his Afro-descendant origins, and a childhood spent near a cemetery—a symbolic space that would deeply influence his poetic imagination.