En este trabajo se postula que la década de los 80 fue el período de consolidación de las relaciones sinochilenas, fortaleciendo las bases que establecieron una relación compleja, con elementos políticos, económicos, culturales y científicos. En estos años se vio una transición de un entendimiento basado en la coincidencia geopolítica, la oposición al llamado “hegemonismo soviético”, a unas relaciones basadas en un vínculo pragmático, complejo e institucionalizado. Sustentada en documentación diplomática de la Embajada de Chile en China, se demuestra la ejecución de una estrategia chilena de diversificación de la relación en múltiples ámbitos. En lo político, se fortaleció mediante visitas de alto nivel y un apoyo tácito en foros internacionales, bajo el principio de no interferencia en los asuntos internos del otro Estado. En lo económico, junto al intercambio comercial se comenzó a apuntar hacia la creación de empresas conjuntas y el crecimiento de las inversiones directas. Además, se utilizaron los intercambios culturales y tecnológicos (destacando una poco conocida colaboración antártica) como herramientas de “poder blando” para generar confianza y posicionar a Chile como un socio estratégico, lo cual pudo sobreponerse a los cambios y trastornos políticos que vivieron ambos países.
This article argues that the 1980s marked the consolidation of Sino-Chilean relations, establishing the foundations of a complex relationship that included political, economic, cultural, and scientific dimensions. During this period, bilateral ties moved beyond an initial understanding based on geopolitical convergence, especially shared opposition to so-called “Soviet hegemonism”, and developed into a more pragmatic, diversified, and institutionalized relationship. Based on diplomatic records from the Chilean Embassy in China, the article shows that Chile pursued a deliberate strategy of broadening the relationship across multiple areas. Politically, ties were strengthened through high-level visits and tacit support in international forums, framed by the principle of non-interference in each country’s internal affairs. Economically, trade remained central, but both countries also began to explore joint ventures and direct investments. Cultural and technological exchanges, including a little-known Antarctic collaboration, also served as tools of “soft power”, helping to build trust and present Chile as a strategic partner. This broader framework allowed the relationship to endure the political changes and disruptions experienced by both countries.