La gestión de una emergencia depende tanto de la capacidad operativa de las instituciones como de su habilidad para comunicar de forma eficaz, transparente y, ante todo, creíble. Las crisis y emergencias pueden convertirse rápidamente en instrumentos de confrontación partidista en un mundo en el que opera la desinformación. La comunicación institucional corre el riesgo de ser percibida como propaganda política más que como información de servicio público. Esto constituye un reto, porque las situaciones de emergencia requieren altos niveles de cooperación, social y confianza mutua. La instrumentalización de los acontecimientos dificulta la construcción de consensos mínimos y debilita la capacidad colectiva de respuesta. Por ello, la comunicación se ha convertido en un recurso estratégico para la gobernanza democrática de las crisis y emergencias y, para ello, las instituciones necesitan construir confianza antes de que éstas se presenten.