En la década pasada, los dirigentes chinos corrieron afanosamente en pos de la reforma económica, a la vez que sofocaban el cambio político. Hoy, el resultado es un Estado rígido, incapaz de hacer frente a una sociedad cada vez más compleja, organizada, y vigorosa. Es probable que la próxima generación de dirigentes chinos, que deberá asumir sus funciones en 2002-2003, responda a este problema acelerando la reforma política, a menos que interfiera una nueva guerra fría con Estados Unidos.