El desarrollo de las relaciones diplomáticas, comerciales y culturales de los Estados Unidos con las potencias del Próximo Oriente durante la primera mitad del siglo XIX es un proceso poco estudiado por una historiografía centrada en la presencia estadounidense en la región tras 1918 o 1945. La política exterior estadounidense en Oriente Medio durante gran parte del siglo XIX estuvo marcada por una dualidad fundamental: el pragmatismo mercantil, que buscaba la apertura de mercados mediante tratados de navegación y el estatus de “Nación más favorecida”, y un idealismo evangelizador, liderado por misioneros protestantes, que actuaron como embajadores del ideario y del espíritu de su nación. A diferencia de las naciones coloniales europeas, Estados Unidos proyectó una imagen de “potencia benévola” y desinteresada, centrada en la no interferencia y en la superioridad técnica y moral más que en la conquista territorial. Esta actitud hizo que el Imperio otomano, Omán o Persia vieran en Washington una posible “tercera fuerza” aliada con la que contrarrestar la creciente injerencia de países como Rusia o Gran Bretaña. El gobierno estadounidense, sin embargo, rechazó sistemáticamente establecer alianzas con las potencias locales.
The development of the United States' diplomatic, commercial, and cultural relations with the powers of the Near East during the first half of the nineteenth century is a process that has received limited attention in a historiography largely focused on the American presence in the region after 1918 or 1945. U.S. foreign policy in the Middle East throughout much of the nineteenth century was marked by a fundamental duality: mercantile pragmatism, which sought market access through navigation treaties and “most-favored-nation” status, and an evangelizing idealism led by Protestant missionaries who acted as ambassadors of their nation’s values and spirit. Unlike the European colonial powers, the United States projected the image of a “benevolent” and disinterested power, centered on non-interference and on technical and moral superiority rather than territorial conquest. This attitude led the Ottoman Empire, Oman, and Persia to view Washington as a possible “third force” ally capable of counterbalancing the growing interference of countries such as Russia or Great Britain. The U.S. government, however, systematically rejected establishing alliances with local powers.