Desde la llegada de Donald Trump a la presidencia de EE. UU. se está produciendo una aceleración del proceso de cambio del viejo orden internacional que ha presidido el comportamiento de la economía mundial desde la Segunda Guerra Mundial. Un contexto económico y político en el que EE. UU. ha ejercido de epicentro y equilibrio de una economía mundial abierta, al ofrecer bienes públicos globales esenciales (defensa, seguridad, sistemas de pagos, etc.), mercados abiertos para el comercio1 y una moneda estable. Sin embargo, los tiempos están cambiando y la vieja potencia hegemónica busca reequilibrar el tablero, cobrando de manera más explícita por los servicios prestados (aranceles, mayor gasto en defensa de los aliados, objetivos de inversión directa, etc.). Un contexto en el que todo se pone en cuestión, incluso el privilegio exorbitante2 del dólar como moneda sobre la que ha pivotado el sistema financiero internacional en las últimas décadas.