Sí. Un tajante sí. Imbuir principios éticos en la inteligencia artificial ˉIAˊ que nos invade como una imparable marea parece ser la opción más segura, si no la única, para preservar nuestra convivencia en democracia. Un humano nacido hoy será menos inteligente que las máquinas que le rodearán. Es inexorable. Es nuestro deber moral garantizar que su vida pueda ser plena, sin coerción artificial, sin manipulación sesgada. Nos enfrentamos a una tarea formidablemente compleja, nada trivial, poblada de intereses que tergiversan el razonamiento de fondo. No giremos la cabeza.