Durante mucho tiempo encarnaron el tipo humano más despreciable imaginable: los mercaderes de cañones, de quienes Bob Dylan estimaba que no “valían la sangre que corre por sus venas”. Hoy, la Unión Europea los erige en héroes del gran rearme moral y militar. Este mórbido entusiasmo permea también el sector financiero, donde el Estado alienta las inversiones de color caqui.