El desarrollo de la Inteligencia Artificial tiene impactos sobre el agua, las emisiones, el consumo (tanto de materiales como de energía) y la contaminación. Su huella climática depende de la tecnología utilizada, del sistema energético, de la escala de los modelos y de las decisiones políticas sobre su despliegue en el territorio. En el caso de España -cuyo territorio está sometido a un estrés hídrico creciente a consecuencia del cambio climático- preocupa el consumo de agua necesario para la refrigeración de los centros de datos, de manera especial a sectores que compiten por los recursos hídricos, como es el caso del sector agroganadero.