La Inteligencia Artificial puede ser utilizada con fines éticos y de progreso o por el contrario con fines más oscuros. Su impacto depende, en última instancia, del uso que se le dé. No es lo mismo una Inteligencia Artificial orientada a acelerar la investigación de nuevos fármacos contra el cáncer, que otra diseñada para crear patógenos con fines militares. En esa dualidad se juega buena parte del debate actual sobre su papel en nuestra sociedad. Ante la expansión de la inteligencia artificial hay tres maneras radicalmente distintas de organizar el poder. En China, el control nace del Estado; en Estados Unidos, del mercado y en Europa, del derecho. Tres caminos diferentes para responder a la misma pregunta: ¿quién controla la tecnología que, cada vez más, nos controla a nosotros?