Yolanda Pérez Sánchez
En 1927, Virginia Woolf necesitaba una excusa para salir a caminar por la ciudad: “Realmente, debo comprar un lápiz”, escribía en su ensayo Street Haunting: A London Adventure. Por supuesto, el lápiz es la parte por el todo. Lo que Virginia adquiría en su street haunting —o “ruta callejera” como se tradujo al español—, era la experiencia de fundirse con la multitud y dejarse atravesar por lo que el recorrido le deparase.