Las investigaciones recientes en el campo de la neurociencia han revela-do una profunda dinámica en los procesos que subyacen a la voluntad, la conciencia y la percepción de la acción humana. Estos procesos, descritos hasta mediados del siglo pasado según la «lógica empírica», revelan hoy realidades mucho más complejas. El mismo principio fundamental de la imputabilidad de una persona subyace al concepto de «capacidad de comprender y querer», una capacidad que los sistemas jurídicos consideran inicialmente «supuesta», pero que debe «demostrarse de manera concreta» en el juicio: de manera concreta en el momento del hecho y de manera concreta en la persona acusada. Esta contribución, lejos de pretender ser concluyente, quiere servir de «puente» entre disciplinas muy distan-tes entre sí, pero que a menudo se encuentran en las salas de los tribunales, donde, sin embargo, ha ocurrido con frecuencia que el propósito de las intervenciones (principalmente de médicos, neurólogos, psicólogos, psiquiatras) era finalista: lejos de explicar el fenómeno, se exigía al médico que sustituyera casi en la función de juzgar la culpabilidad. Un papel que no solo va más allá de la competencia médica propiamente dicha, sino que también impone al médico una responsabilidad muy alejada de su propia función y de su vocación: velar por el bienestar de la persona, lo que a menudo pasa por la omisión científica de juicios (para los que, además, el médico en los procedimientos penales carece de formación especializada y de lenguaje técnico)
Recent research in the field of neuroscience has revealed profound dynamics in the processes underlying the will, consciousness, and awareness of human action. These processes –until the middle of the last century described according to ‘empirical logic’– today show pro-foundly more complex realities. The same cardinal principle of a person’s imputability under-lies the concept of ‘capacity to understand and to want’, a capacity that the legal systems ini-tially consider as ‘assumed’ but which must, at the trial, be ‘demonstrated in concrete terms’: in concrete terms at the moment of the fact and in concrete terms in the person accused. This contribution, far from wishing to be conclusive, wants to act as a ‘bridge’ between disciplines that are very distant from each other, but which often meet in the courtrooms, where however it has often happened that the purpose of the interventions (mainly by doctors, neurologists, psychologists, psychiatrists) was finalistic: far from being explanatory of the phenomenon, the doctor was required to substitute himself almost in the function of judging guilt. A role that not only goes beyond the medical competence per se but also places on the doctor a responsibili-ty far removed from his own function, and from his vocation: to take care of the person’s well-being, which often passes through the scientific omission of judgements (for which, moreover, the doctor in criminal proceedings also lacks specialist training and technical language)