Desde la irrupción del enfoque competencial en los sistemas educativos, no han cesado de emerger propuestas didácticas, más o menos innovadoras, orientadas a desarrollar las competencias de los estudiantes. En este escenario, las situaciones de aprendizaje surgen como una forma de orientar el proceso de enseñanza-aprendizaje para dar respuesta al nuevo paradigma educativo. Se trata de un enfoque respaldado por los que son, sin duda, los dos grandes principios educativos: el principio de aprendizaje significativo y el principio de aprendizaje situado. Su implementación viene avalada, además, por razones de distinta índole: las exigencias formativas del ciudadano del siglo XXI, derivadas de un contexto sociolaboral cada vez más complejo; la actual concepción de la naturaleza del saber, que entiende que la aplicación es una vía de continuidad natural que procede del conocimiento y la comprensión; las teorías de aprendizaje, que defienden el diálogo entre el “saber” y el “saber hacer”; las investigaciones neurocientíficas, que han demostrado el impacto que el interés, la curiosidad y la motivación tienen en el aprendizaje; y, por último, los diferentes niveles de complejidad ascendente de las acciones orientadas a la adquisición y desarrollo del conocimiento (que van desde el conocimiento hasta la creación). Entendiendo que el aprendizaje y la evaluación deben conjugarse juntos, de la misma manera que los estudiantes realizan un aprendizaje situado, la evaluación debe ser de la misma naturaleza. Solo de esta forma podremos constatar si son capaces de transferir lo que han aprendido en un contexto y situación a contextos y situaciones variadas; lo que demostraría que han realizado un aprendizaje verdaderamente significativo.
Since the introduction of the competency-based approach in educational systems, a continuous stream of didactic proposals—some more innovative than others—has emerged, all aimed at developing students’ competences. Within this context, learning situations have arisen as a means of guiding the teaching and learning process in response to the demands of the new educational paradigm. This approach is underpinned by what are undoubtedly the two fundamental educational principles: the principle of meaningful learning and the principle of situated learning. Its implementation is further justified by a range of factors: the training needs of 21st-century citizens in an increasingly complex socio-labour context; the current understanding of knowledge as something that naturally extends into application; learning theories that advocate a dialogue between ‘knowing’ and ‘knowing how’; neuroscientific research highlighting the impact of interest, curiosity, and motivation on learning; and finally, the ascending levels of complexity in actions aimed at acquiring and developing knowledge (from knowledge to creation). Recognising that learning and assessment must go hand in hand, it follows that if students engage in situated learning, assessment must be of the same nature. Only in this way can we determine whether learners are truly capable of transferring what they have learned in one context to a variety of different contexts and situations—an indicator of truly meaningful learning.