Félix Jourdan, Jocelyne Porcher
“Hace falta que corra la sangre, hace falta que la gente tenga algo que comer”, cantaba Boris Vian en su tango de los carniceros de La Villette. En París como en otros lugares, el sacrificio de animales ha dependido durante mucho tiempo de establecimientos públicos. Si bien hoy la lógica industrial del sector privado tiende a imponerse, algunos pequeños ganaderos tratan de imaginar otro modelo que podría, entre otras cosas, reducir el sufrimiento animal.