La literatura actual evidencia que la apariencia física influye en la formación de primeras impresiones, las cuales pueden condicionar decisiones críticas de selección de personal. Tradicionalmente, los tatuajes y piercings han sido estigmatizados en los entornos laborales, especialmente en sectores de atención al público, aunque su normalización entre generaciones jóvenes ha modificado parcialmente estas percepciones. Estudios previos (Brallier et al., 2011; McElroy et al., 2014; Swanger, 2006) mostraban penalizaciones claras hacia candidatos con modificaciones corporales, mientras que las investigaciones recientes (Sokol, 2020; Baert et al., 2024) sugieren que su impacto depende del contexto, el sector, el género y el tipo de puesto.
La evidencia también indica que los tatuajes y piercings cumplen funciones de identidad, pertenencia, conmemoración o regulación emocional (Atkinson, 2003; Wohlrab et al., 2007; Van der Kolk, 2015; Erikson, 1968; Carmen et al., 2012), pero su interpretación social puede influir en las percepciones sobre estabilidad emocional, profesionalidad y capacidad de la colaboración. En consecuencia, estos elementos no definen el desempeño ni el carácter, pero constituyen un lenguaje simbólico que interactúa con la evaluación subjetiva de empleadores, afectando a decisiones de contratación según las normas culturales, estigmas y requerimientos del puesto.
Este análisis sugiere que, si bien la normalización social de las modificaciones corporales está avanzando, los procesos de selección siguen mediando la percepción simbólica del cuerpo como indicador indirecto de competencias, adaptación y encaje organizativo.