Se trata de una especie de «paradoja democrática»: se llenan portadas, tertulias e intervenciones institucionales para hablar sobre las personas jóvenes, pero rara vez con las personas jóvenes. Se generan marcos estereotipados y reduccionistas que presentan a las personas jóvenes como «el futuro que solucionará todos los problemas que tenemos ahora», o, en su defecto «los responsables de todos los problemas que tenemos ahora porque no les importa nada», sin preguntar nunca «¿cómo queréis las personas jóvenes tomar parte en las soluciones a los problemas que tenemos ahora?». Establecer esta imagen sesgada y simplista de las personas jóvenes legitima y refuerza la idea de que no es necesario que estemos presentes en las mesas donde se toman las decisiones. A veces se nos invita a «la mesa de los niños» para aportar ese supuesto golpe de aire fresco, pero sin tener en cuenta nuestras opiniones de manera genuina puesto que ya podremos opinar de ello «de verdad» cuando seamos personas adultas.