Si bien para el gobierno de un Estado poderoso resulta relativamente fácil perpetrar masacres a gran escala, es más difícil asumir públicamente la responsabilidad de un genocidio. De ahí la necesidad de minimizar, ocultar, reescribir la historia. El caso del genocidio armenio (1915-1916), aún no reconocido por el poder turco, permite observar las lógicas y los métodos de ese tipo de negación.