La consagración de la pintura abstracta latinoamericana en las décadas de 1960 y 1970 se debe en gran medida a un crítico de arte apasionado, dotado de poderes institucionales. La preocupación estética ocultaba importantes desafíos políticos. Esta empresa pacífica se inscribe en una larga historia: la de las intervenciones de Washington en su “patio trasero” del Sur.