Madrid, España
Este ensayo ofrece un análisis histórico de largo plazo sobre la intervención de Estados Unidos en Venezuela, situándola dentro de los patrones recurrentes de la geopolítica hemisférica desde el siglo XIX hasta el presente. A partir de un recorrido por las doctrinas y prácticas que han encuadrado el despliegue del poder estadounidense en la región, el texto sostiene que la actuación de Washington rara vez ha respondido a objetivos democratizadores, sino a una jerarquía de prioridades relativamente estable: excluir a potencias rivales del hemisferio, asegurar el control de puntos estratégicos y proteger inversiones y recursos. Desde esa perspectiva, la captura de un líder o la caída de un gobierno —aunque sea un objetivo inmediato alcanzable— no equivale a la reconstrucción del Estado ni a la fundación de un orden democrático duradero. La experiencia histórica muestra, por el contrario, que el “día después” de la intervención suele abrir escenarios de anomia institucional, violencia estructural, tutelas externas erráticas y reacciones de potencias o actores desplazados. El ensayo revisa casos históricos paradigmáticos (México, Cuba, Haití, Nicaragua, Guatemala y la propia Venezuela, entre otros) para argumentar que las intervenciones tienden a perpetrar, agravar o transmutar los problemas que pretenden resolver y a generar escenarios altamente inestables. La conclusión invita a enriquecer los diagnósticos exclusivamente centrados en las ambiciones de la potencia interventora y a examinar los factores estructurales internos que han configurado a ciertos Estados latinoamericanos como espacios recurrentemente intervenidos, marcados por la fragmentación política, la debilidad del consenso democrático y la incapacidad de articular proyectos autónomos de integración y desarrollo regional. Dichos males históricos explican que el recurso al poder externo reaparezca una y otra vez como sustituto fallido de una imaginación política propia, capaz de generar órdenes verdaderamente sólidos y prósperos.