En la década de 1970, se identificó el «síndrome del impostor», un fenómeno donde individuos exitosos sienten que sus logros no son auténticos, sino fruto de la suerte o factores externos. Pauline Lance y Suzanne Imes lo definieron así, y se ha relacionado con entornos laborales competitivos y estresantes. Aunque a menudo se aborda como un problema individual, el síndrome del impostor es una respuesta a sistemas laborales que presionan a las personas para cumplir con los exigentes estándares de éxito. Este artículo sugiere un cambio de enfoque en el coaching y mentoring, promoviendo la emancipación del cliente respecto al sistema, para abordar las fortalezas personales y cuestionar las prácticas institucionales que perpetúan estas sensaciones. La solución radica en transformar los modelos de trabajo y éxito impuestos, centrando el cambio en las estructuras sociales en lugar de únicamente en el empoderamiento individual.