La ubicuidad de la vida del inmigrante concluye con la muerte. Para entonces, todos deben haber manifestado su última voluntad y elegido un lugar de inhumación, aquí o allá. Cada vez son más las personas nacidas en el extranjero —y aun en mayor medida sus descendientes— que son enterradas en Francia. Pero varios obstáculos complican ese postrer gesto de apego al país de acogida.