Las organizaciones están llenas de encrucijadas: necesitan adoptar múltiples medidas teniendo en cuenta los datos y el escaso tiempo disponible, estableciendo ventanas claras de decisión y fijando responsables únicos por cada iniciativa, ejecutando en ciclos cortos, midiendo su impacto, con ritmo, rituales, reuniones ágiles y revisiones constantes que garanticen la focalidad. Finalmente, simplificar, eliminando tareas que no aportan rendimiento. Se necesitan sujetos que traduzcan las estrategias en acciones, que conviertan las ideas en resultados tangibles y se hagan responsables de los mismos. No hay tiempo para planificar. Hay que evitar la parálisis por análisis. En una palabra: profesionales que pasen de la idea a la acción con método, que instauren un ritmo constante y tengan la capacidad de adaptarse. Y para ello, hay que aislarse del ruido de la organización (burocracia). Y ahí están los clásicos como refugio, como enseñanza, como principio, como valor…