Si queremos interrogarnos sobre la religión cristiana como reserva de sentido para las necesidades del derecho del futuro, debemos ante todo subrayar que una contribución específica es la defensa del valor social y político de la fraternidad, sin la cual los vínculos sociales se vuelven frágiles e inestables. La libertad, de hecho, los disuelve y la igualdad los ignora. El mundo futuro necesita que la fraternidad pase de ser un principio retórico a un principio jurídico bien presente en las constituciones democráticas y capaz de generar nuevas instituciones sociales más acogedoras con la dignidad de la persona humana. La paradoja es que el valor de la fraternidad no permite su secularización completa sin perder de significado. Por tanto, nos preguntamos qué significa constitucionalizar el espíritu de fraternidad sin poner en peligro el pluralismo contemporáneo.