A diferencia de la Antigüedad clásica, la Iglesia ha manifestado, desde sus orígenes, una preocupación particular por los pobres dictada por la necesidad de mantenerse fiel a la misión recibida de su divino fundador. Con el paso del tiempo, las estructuras eclesiásticas también han evolucionado para garantizar el servicio caritativo a las personas más necesitadas. Durante la Edad Media, la necesidad de dar continuidad a las obras de caridad llevó a los canonistas a desarrollar el concepto de personalidad jurídica. El instituto representa así un ejemplo concreto de cómo el mensaje evangélico se ha transformado en formas jurídicas e instituciones.