La tradición judeo-cristiana afirma a Dios como un ser radicalmente distinto de todo lo existente a nivel intracósmico y del cosmos mismo. Esta visión, desarrollada posteriormente por la filosofía cristiana ha llevado a explicar a Dios como Ipsum Esse Subsistens y a la creación como participación en el ser. Entender a Dios, como ser simple y trascendente tiene consecuencias en el orden político y jurídico. Por una parte, hace patente la imposibilidad de absolutizar el poder terreno y el derecho del él emanado. Por otra, proporciona las bases remotas de una comprensión metafísica de la libertad y modera el riesgo de individualismo absoluto que ha caracterizado el discurso político-jurídico moderno.