Hay un momento mágico de la historia de la humanidad en el que se crean las bases de nuestra democracia, de nuestra civilización, de nuestra cultura. Ese instante es el de la cultura griega y romana, hace miles de años. Nuestra manera de ver el mundo y de afrontar la vida en gran parte, viene de ahí. El legado ha pasado de generación a generación y ha conectado la conciencia de lo que somos, con lo que hemos sido, y con lo que queremos ser como comunidad y como cultura, y nos ha facilitado el acceso generalizado al conocimiento más elaborado, a un listado interminable de numerosas locuciones que, dos mil años después, se siguen utilizando. Los romanos han hecho acueductos, alcantarillado, carreteras, irrigación, sanidad, enseñanza, vino, idioma, leyes… Porque el derecho romano está en el origen de nuestra cultura occidental, y el dominio de su lenguaje y su gramática, sirve de cauce de comprensión y dota de significado a una gran parte de nuestros actos y vidas. En las cuestiones humanas, las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan. Además, como individualidades, nuestra percepción es pequeña, minúscula, insignificante, ridícula y suele coincidir con la duración de nuestras vidas. En numerosas ocasiones envanecidos, llegamos a creer que dominamos las incertidumbres que nos rodean. Por eso, leer a Cicerón, a Virgilio, a Petronio, que ya pensó por nosotros hace muchos años, es un ejercicio de aprendizaje donde el tiempo adquiere sentido. Su herencia, es un tesoro de descubrimiento personal que nos ubica en el universo terrenal… Nos recuerda la importancia de la humildad intelectual: reconocer los límites de nuestro conocimiento y aceptar que no siempre tenemos todas las respuestas. Porque la vida, está siempre llena de misterios e incertidumbres, y los clásicos nos ayudan a tomar e intuir las mejores decisiones.