Madrid, España
El texto examina la decisión del Tratado de Roma (1957) de designar “Comisión” al órgano ejecutivo europeo, en sustitución de la “Alta Autoridad” de la CECA. Sostiene que esa elección nominal, aparentemente anodina y técnica, buscó evitar la apariencia de soberanía supranacional y, al mismo tiempo, instaló una gramática tecnocrática que despolitiza el poder. A la luz de Schmitt y Heidegger, se cuestiona la presunta neutralidad de la técnica y su capacidad para ocultar decisiones políticas bajo el velo de lo “técnico”. El hilo conductor es Kant: la distinción entre lo técnico-práctico y lo moral-práctico, y entre el “político moral” y el “moralista político”. Solo el primado de lo moral-práctico —de las leyes fundadas en la libertad y habiendo puesto entre paréntesis toda decisión con origen en las determinaciones naturales— puede limitar la política y orientar el Estado hacia la paz perpetua; la prudencia técnica produce gestión, astucia y simulación. Aplicado a Europa, llamar “Comisión” al ejecutivo habría sido una argucia que predispone a la Unión a la hegemonía de la técnica, debilitando la transparencia y la posibilidad de si quiera comprender el derecho cosmopolita como mandato. El ensayo concluye que esta deriva favorece el nihilismo y la desafección ciudadana: sin una rearticulación de la unidad de la razón y del lugar de la persona, la maquinaria institucional deviene engranaje sin horizonte.
The text examines the Treaty of Rome’s (1957) decision to designate the European executive body as the “Commission,” replacing the ECSC’s “High Authority.” It argues that this ostensibly bland, technical naming sought to avoid the appearance of supranational sovereignty while at the same time installing technocratic grammar that depoliticizes power. In light of Schmitt and Heidegger, it questions the alleged neutrality of technique and its capacity to conceal political decisions under the veil of the “technical.” The guiding thread is Kant: the distinction between the technical-practical and the moral-practical, and between the “moral politician” and the “political moralist.” Only the primacy of the moral-practical —of laws grounded in freedom, with every decision arising from natural determinations bracketed— can limit politics and orient the State toward perpetual peace; technical prudence yields management, cunning, and simulation. Applied to Europe, calling the executive a “Commission” would have been a ploy that predisposes the Union to the hegemony of technique, weakening transparency and even the possibility of understanding cosmopolitan right as a mandate. The essay concludes that this drift favors nihilism and civic disaffection: without a rearticulation of the unity of reason and of the person’s place, the institutional machinery becomes gearwork without a horizon.