España y el Vaticano firman su Concordato en 1953, lo que consagra la profunda imbricación entre institución eclesiástica y poder civil. Los ministros de Educación Nacional (lbáñez Martín) y de Asuntos Exteriores (Martín Artajo), miembros de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), son los encargados de lograr dos objetivos: que el régimen español penetre en el mundo internacional de la mano del Vaticano, y la sumisión de las nuevas generaciones de jóvenes, a través de las doctrinas conservadoras de la iglesia. Tras Pio XII el Vaticano cambia sustancialmente. Las encíclicas de Juan XXIII, Mater et magistra, Pacem in terris y más tarde, Gaudium et spes, suponen una desautorización radical al nacionalcatolicismo. Es un intento de construir una identidad cristiana, encarnada en el mundo y comprometida con los desheredados, que da alas a los movimientos católicos progresistas en España.