La dictadura, al margen de las tendencias ideológicas de las fuerzas que apoyaron la rebelión militar y ganaron la guerra civil, mantuvo siempre unas constantes estructurales o esenciales que consistieron en su naturaleza de clase, en la negación de todos los derechos fundamentales, en la organización de la no-libertad y en una represión sistemática que alcanzó niveles de exterminio del adversario. Este dominio de clase de los sectores más pudientes de la sociedad -terratenientes, financieros_, industriales-, de las fuerzas hegemónicas de la burguesía y la aristocracia, contó siempre con el apoyo del conjunto de los aparatos del Estado -las Fuerzas Armadas, la judicatura, las policías y la Administración- y casi hasta el final con el apoyo de la jerarquía de la Iglesia.