Cincuenta y cinco años después de su desaparición, el general De Gaulle goza de un favor poco común en la escena política francesa. Desde Jean-Luc Mélenchon hasta Marine Le Pen, pasando por el nuevo primer ministro Sébastien Lecornu, todos —o casi— se reivindican como seguidores suyos, celebran sus méritos y reivindican al menos una parte de su herencia. De Gaulle está omnipresente. Pero el gaullismo, por su parte, sigue siendo inencontrable.